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El Cristo de los Desamparados……….por Carlos Risco.

El Cristo de los Desamparados

Tres cousas hai en Ourense,

que non as hai en España,

o Santo Cristo, a Ponte,

e as Burgas fervendo auga.

La primera vez que escuché esta manida copla local eran los carnavales, los ecuménicos carnavales de Auria, que vienen de la noche de los tiempos y son, junto al magosto, otra manera de sacar de nosotros lo más oscuro que llevamos dentro. Le añadían un cuarto elemento a la copla, “a merdiña do Barbaña” (el contaminado río fabril -y febril- que atraviesa la ciudad como una lengua de muerte y ratas). Yo era un chaval, debía tener ocho o nueve años, puede que más, y ya entonces le tenía muy poca simpatía al Santo Cristo, ese Jesús barroco de una de las capillas mayores de la Catedral, armado hasta los dientes de golosinas doradas y con el gesto compungido de haber muerto dramáticamente por nosotros. Aquel santón inerte me estaba llamando “asesino” a la cara. Creo que por eso no me caía muy simpático. Además, era como una muñeca diabólica, la tradición decía que su melena, de pelo natural, le crecía y las viejas beatas se hacían literalmente pis con el Santo Cristo. “Qué juapiño é”, decían.

  • ¿Y si no te gustaba, por qué hablas de él?
  • Lo necesito a modo de introducción. Escucha.                          

Mientras estudiaba en el Liceo me largaba a dar paseos para cambiar la mente de sitio, para pensar. Y me escapaba a la Catedral. Dentro de las iglesias se está muy bien. Es como parar el tiempo y el ruido mental. En Auria llueve fino (y a sus habitantes nos llovía por dentro) y alrededor de Catedral románica, granítica, la lluvia se hacía poesía e invitaba a entrar, aunque hiciese más frío dentro que afuera. Yo siempre entraba por la puerta norte, donde está el Santo Cristo, con su faldita de tela, ridícula, y pasaba sin mirarlo, escuchando sólo el bisbiseo de las viejas y sus rosarios. Deambulaba el altar, que es deambulable (“deambular”, qué palabra) y en una de esas pequeñas capillas me encontraba con el Cristo de los Desamparados.

  • Desamparados, vaya nombre.
  • Claro, por eso me gustaba, para hacerme el poeta imposible.
  • ¿Eras un niño desamparado?
  • Sí. Y lo sigo siendo.

Este Cristo es el rey destronado por el Santo Cristo greñudo. El muñeco barroco lo asesinó de gloria. Pero el Cristo de los Desamparados es el icono místico de esta pequeña ciudad episcopal. Es un Cristo bizantino, de aire románico, esculpido como por un niño, estático, salvo un leve intento de girar la cabeza. Pobrecillo. Está hecho con el mejor talento que podría demostrar el escultor medieval, que era un escultor que tuvo que volver a aprender cómo narices se esculpía, porque el haber perdido la herencia romana es lo que tiene. El Cristo tiene los pies sin cruzar y un clavo en cada uno. Es un Cristo de cuatro clavos. Una pieza de madera hija de otra religiosidad, una imagen de la espiritualidad medieval, temerosa de dios, hija de la oscuridad, de la enfermedad y de los monstruos. La espiritualidad medieval se basaba en mirar hacia abajo diciendo “qué puta vida”. Con el gótico, el hombre empezó a levantar la mirada y así terminamos con la imaginería barroca, auténticas virguerías técnicas que parecen hombres de carne y hueso llenos de dolor y heridas, como el Santo Cristo. Y el europeo occidental se convirtió en un ser bastante más asqueroso, pero eso ya es otra historia.

  • Céntrate. ¿Qué hacías cuando ibas a ver al Cristo de los Desamparados?
  • Nada, estaba allí un rato.
  • ¿No crees en Dios?
  • No.

El Cristo de los Desamparados tiene un color negro brillante y cuelga de la pared de manera poco dramática. Es casi como un tótem indígena de lo bravío y tosco que es. Pero en su madera centenaria guarda mucha verdad, que ilumina en la capilla silenciosa que lo guarda. Esa capilla era como un desván, fría y húmeda. Entonces olía a incienso rancio y a mueble viejo, a cera triste y pis de vieja. Nadie o casi nadie visitaba aquel Cristo, que no es un Casanova de los Cristos. Este es un Cristo feo, un Totò cristiano. Es magistralmente imperfecto. Tiene un poco de barriguita, no es un Cristo atlético y abdominal, pero un angelote lo mira engatusado y allí está él, con su corona y su cara de circunstancia. Es feo e imperfecto como los hombres, un madero humanizado. Es feo pero atrae. Al menos a los locos.

  • ¿Tú estás loco?
  • Nunca estuve cuerdo.

Ese Cristo me decía a mí y al mundo que no estábamos solos. Que veníamos al sufrimiento desde la vagina, pero que en su capilla, que era otra vagina, él nos daría un poco de paz. Paz medieval y con cuatro clavos. Paz de madera. Una paz que no era cristiana, siquiera espiritual, era una paz que venía de la atención, del regresar a uno mismo a través de la luz tenue, observando cómo eran sus costillas (unos surcos en la madera), su postura de muerto (parece un maniquí ahogado, a medio flexionar) o su mueca de dolor intenso, donde cabría también todo el dolor nuestro. Bastaban cinco minutos para una cura de nostalgias con el Cristo de los Desamparados. Cinco minutos, en silencio, depurando morriñas, encendiendo velas de esperanza solitaria, por aquel mundo de los raros a los que le dolía el mundo.

  • ¿Sólo ibas tú a verlo?
  • No. Iba mucha gente. Alguna con fe.
  • ¿Y cuál era el secreto del Cristo?
  • Que junto a él te creías que eras el único desamparado de la tierra. Y eso te hace sentir importante.
  • ¿Te crees importante?
  • No. Como mucho, desamparado.
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2 pensamientos en “El Cristo de los Desamparados……….por Carlos Risco.

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