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Costiña de crebacús … por Carlos Risco.

Hay épocas a las que se las mata y uno no se reconcilia con ellas hasta hacer de nuevo carambola con los años y poner en barbecho los recuerdos, que entonces ya no serán siquiera recuerdos, sino imágenes polvorientas, fotogramas, destellos. Tal vez por haber perdido esa frescura de entonces son ahora posibles, amables, necesarios. Se reordenan los recuerdos como mojones para una cartografía esencial de cada existencia. Se reordenan en momentos inesperados, cuando uno cruza umbrales sin darse cuenta y el adulto desempolva la adolescencia que odiaba de joven, como de adolescente odiaba la niñez a la que regresó de joven. Cada fase es un ángulo distinto pero idéntico, donde nos empeñamos en vivir de manera distinta la vida que vivimos de forma idéntica e irremediable, como el escritor que escribe siempre el mismo libro. Y así regreso a la adolescencia, a ese paisaje al que uno va regresando de adulto después de aborrecerlo. Regreso a la Costiña de Crebacús.

– ¿Qué es Crebacús?

–  Una calle empinada y angosta que le llamaban “crebacús” porque al subirla habría que doblar mucho las espaldas, partiéndose literalmente el espinazo y su rebaba ósea, donde están las nalgas. El culo.O cú. Ahora le llaman rúa da Estrela, pero ha sido siempre una cuesta medieval que unía la plazuela del Corregidor con el convento de San Francisco, en uno de los lados del casco viejo de Auria. Para subir al convento y ver la ciudad había pues que partirse el lomo, había que quebrarse el culo.

– Las ciudades duelen…

– Escucha.

Junto a esa costiña estaba el Star, en una casa vieja de bloques de granito gastado, labrado con decencia, de esas que fueron pereciendo en silencio mientras le crecía la cartera a algún alcalde y algún constructor. El Star fue uno de esos bares donde esta pequeña ciudad creció moralmente, se hizo abierta y moderna y todos perdimos la pátina del patetismo local para instalarnos en la del patetismo global. Entre estos muros se escuchaban vinilos traídos de Londres, se bailaba house desenfadado, se sonreía con liberación sexual, saltando juntos todos los colectivos, vestidos con la ropa ajustada y sudada de vida. Arriba, en el baño diminuto, nos agolpábamos para ser jóvenes, muy jóvenes. Y muy de Auria, que Auria es una ciudad de risotada salvaje que se cree siempre joven. Yo frecuentaba el bar ya ceniciento, con orden de derribo. Entonces era un tardoadolescente, y me llevo cosidas en la memoria aquellas noches en las que me dejaban pasar porque tenía a media familia allí adentro cantando estribillos de  Everything but the Girl. Estar allí era importante. Yo me sentía importante. Y allí éramos felices, lisérgicos, definitivos.

– ¿Qué tiene que ver el bar con las escaleras?

– Ambos pertenecían al mismo mundo. Eran la ilusión de otra Auria, construyendo sueños futuros y modernos sobre un rincón imposible de la ciudad medieval.

A las escaleras de la cuesta íbamos siempre a hacer cosas malas, porque uno se escapaba del bar para repostar pecados y regresaba a ellas para volver a estar vivo. Eran la vez urinarios (arriba, en las esquinas, a lo lejos), capillas de besos (arriba, en las esquinas, a lo lejos) y drogódromos (arriba, en las esquinas, a lo lejos). Eran unas escaleras viejas, orgánicas, construidas a lo largo del tiempo. Eran todo humildad y musgo. Aquel era un trozo salvaje, sin urbanizar. Había zarzas, desconchones, charcos. La ciudad vieja se convertía en arrabal en aquellas escaleras. Eran las escaleras donde uno subía a otro mundo. Las escaleras de una frontera existencial. Sentado en ellas empecé a fumar, certificando el fin de la adolescencia. Y también fue allí, cuando ya los andamios confirmaban la agonía de este trozo de la ciudad de antes, donde un día una niña me dijo: “ven conmigo, quiero enseñarte algo”. Y me enseñó a dar besos.

Lo que no entenderán jamás ninguno de esos albañiles ambiciosos que llegaron a ser constructores, lo que no entenderá nunca especulador alguno, es el vacío que deja en la existencia un paisaje arrancado. Un edificio que no está, una calle remodelada, un solar arrasado, una carretera nueva. Cada uno de ellos supone un robo. Un robo de tiempo. Porque su vacío es una muesca en nuestro recuerdo, un trocito de desencanto temprano, una colleja más de la vida. Cada paisaje arrancado es la cercanía de la muerte, sentir que nos vamos, que nos echan, que esto ya no es nuestro.

Arrasaron la casa del Star y en su lugar plantaron un edificio oligofrénico con ascensores de luces LED y calefacción central, con esquinas perfectas y losas de piedra hortera y ventanas de hojas de aluminio. Rompieron las escaleras, su trazado angosto y se sacaron de la manga una escalinata pulida, de centro comercial y en dos tramos, para que no fuesen tan empinadas y al subirlas nadie se rompiese el culo. También se inventaron una plaza anacrónica. No volví por la costiña de crebacús en muchos años. Y sí volvía, la habitaba sin echar mano del recuerdo. Ahora, cuando el recuerdo se hace tan necesario como para seguir vivo, lo repugnante se hace tierno y lo tierno está a punto de ser repugnante.

Entonces camino las escaleras y trato de buscar aquellos andamios, aparto unas hojas y busco entonces el escalón donde fumábamos. Debía de ser por aquí aquella esquina de lo prohibido y el muro donde rebotaban nuestras risas. Busco nuestras risas.

– ¿De qué os reíais?

– De cosas absurdas, supongo. Escuchábamos a Tricky y fumábamos mucha marihuana.

– Entre otras cosas.

– Entre otras cosas.

Vuelvo a la cuesta durante el día, en excursiones solitarias de poeta, en las que cuesta después desprenderse de ese silencio lírico que no era otra cosa que el diálogo con otras voces, un diálogo con lo hondo. Lo hondo mío y lo hondo de otros hombres, de otras vidas. Un diálogo con la hondura misma.

Aquella cuesta, aquellas noches, aquellas risas en las escaleras, picando las rayas en la cartera húmeda de alguno, aquellos besos… Todo pervive sepultado entre estas losas incultas, como pervivirán los cantos de aquellos hombres de antes que subían por este camino partiéndose los riñones cuando era un camino de barro y no un lugar donde encontrar furtividad un sábado noche ni un urbanismo vacío. Pensándolo, toman forma los besos, las risas, los excesos, al igual que ahora. Y volvemos a habitar la costiña en un segundo refractario, descascarillando estas losas de delito con que han cubierto la ciudad esos mismos que cubren todo de mierda, porque no son otra cosa que mierda.

– ¿Sabes ya qué venías a buscar aquí?

– Un poco de tiempo. Mi tiempo. El tiempo ya gastado, el que me huye. El tiempo ya vivido.

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